El andén estaba lleno de personas vestidas con colores oscuros y sin un ápice de piel a la vista.
La pantalla decía que nuestro tren llegaría en cuatro minutos. Con puntualidad fuimos subiendo al tren y dirigiéndonos a nuestro asiento específico. 14A y 14B. Es un ejemplo, no recuerdo el número. Una revisora pasó y comprobó los billetes, pero sólo a los que sabía que acababan de subir, su móvil le decía qué asientos eran los nuevos ocupados.
Había gente de lo más variopinta en todo lo que se puede ser variopinto. Vestimenta, procedencia, unos trabajando, otros durmiendo, otros chateando.
El tren iba lleno. Cuando en una estación bajaban algunos, otros tantos subían, y volvía la revisora a por ellos. Soy fan del trasporte público, siempre me levanta mucha curiosidad cómo está organizado, sea cuál sea y sea donde sea.
El billete lo habíamos comprado un mes antes. Cada uno de los destinos de todas aquellas personas estaba escrito de alguna manera desde hace mucho tiempo. La organización y la gestión mueven el mundo. El mundo que una vez se paró por una enfermedad contagiosa. Han pasado años y yo sigo incrédulo de cómo fuimos capaces de pararlo todo en seco y luego reanudarlo.